El haz de protones es como una bala de francotirador: libera la mayor parte de su energía en un punto muy concreto, apenas dañando los tejidos a su paso. Pero durante las 4–6 semanas de tratamiento de tumores de cabeza y cuello, el objetivo se desplaza: el paciente pierde peso, el tumor se encoge y la postura cambia. El francotirador apuntaba a un lugar, pero el blanco ya se ha movido.
La solución habitual es hacer una tomografía computarizada de control una vez por semana y recalcular el plan. Esto lleva alrededor de una semana y añade al paciente una dosis de radiación del propio escaneo. Un grupo de investigadores propuso otro camino: construir un 'gemelo digital' del paciente. Se toma la imagen inicial de la persona y la imagen de otro paciente que ya ha completado parte del tratamiento. Mediante dos alineaciones sucesivas de las imágenes, el programa determina cómo ha cambiado la anatomía del 'donante' y transfiere esos cambios al nuevo paciente, obteniendo así una imagen predicha para el día del tratamiento.
En 88 pacientes, cada uno con tres tomografías de control, las imágenes predichas coincidieron con la anatomía real del día del tratamiento notablemente mejor que el plan original. La coincidencia de la forma de los órganos mejoró en una quinta parte, y el error en los valores de la tomografía se redujo en casi una cuarta parte. La mayor ganancia se observó en aquellos cuyo cuerpo cambió más. En pacientes con anatomía estable, la predicción casi no difirió de la imagen inicial. Así, el gemelo digital prepara de antemano al francotirador para saber hacia dónde se moverá el blanco.
El pico de Bragg fue descubierto en 1903 por William Bragg cuando irradiaba finas capas de mica con partículas alfa. Hoy en día, este efecto es la base de la terapia de protones, que permite irradiar el tumor sin apenas dañar la piel en la entrada.
En la serie 'The Expanse', las cápsulas médicas escanean el cuerpo y ajustan el tratamiento al instante según el estado actual: el gemelo digital da el primer paso hacia ese futuro.