El átomo de cesio, como cualquier otro, tiene niveles de energía. El electrón puede ocupar uno de ellos, como un inquilino en un piso concreto de un edificio. Cuando un campo eléctrico variable actúa sobre el átomo, los pisos comienzan a acercarse. Pero en lugar de fusionarse en uno solo, se repelen, como los polos iguales de los imanes. En el espectro, esto se ve como una bifurcación en el camino: dos líneas se aproximan, pero no se cruzan.
Los científicos querían entender por qué algunas bifurcaciones son anchas y otras apenas perceptibles. Resulta que todo depende de cuántos pasos necesita dar el electrón para mudarse de un piso a otro. A veces la transición directa está prohibida y el electrón tiene que ir por una ruta indirecta a través de pisos vecinos. Es como un transbordo en el metro: si no hay línea directa, viajas a través de otra estación. Cuantos más transbordos, más difícil es el cambio y más estrecha es la bifurcación en el espectro.
Ahora, sabiendo con qué intensidad de campo aparece cada bifurcación, es posible medir campos eléctricos desconocidos. Es como usar una regla cuyas marcas no están pintadas, sino grabadas por la propia naturaleza.
Los cruces evitados en los espectros de Rydberg pueden servir como marcadores de calibración naturales: su posición en la escala de intensidad de campo se conoce con alta precisión, lo que permite utilizarlos para la autocalibración de sensores atómicos sin referencias externas.