Al canario no se lo llevaba a la mina por su canto. El pájaro caía de la percha antes de que el minero notara el monóxido de carbono. En el vacío ultraalto, el papel del canario lo hace una nube de cien mil átomos de litio o rubidio. Un láser los enfría hasta decenas de microkelvin, y quedan suspendidos en una trampa magnética poco profunda, cuya profundidad es de apenas una milésima de kelvin. Las moléculas del gas residual, que vuelan a velocidad ambiente, chocan con los átomos fríos y los expulsan de la trampa. Cuantas más moléculas haya en la cámara, más rápido se vacía la nube.
Antes, la presión se medía con columnas de mercurio y manómetros de pistón, pero en el vacío profundo pierden precisión. El nuevo método cuenta directamente los impactos de las moléculas contra los átomos fríos. La frecuencia de pérdida de átomos de la trampa indica cuántas moléculas de gas residual se mueven por la cámara. Y, por tanto, qué presión ejercen. Es como contar las gotas de lluvia que caen en un charco: cuantas más gotas, más rápido pierde el charco su calma.
Hoy, el sensor mide la presión en un rango de cinco nanopascales a cincuenta micropascales con una precisión del uno al tres por ciento. No necesita calibración con otro instrumento, porque se basa en cálculos cuánticos precisos. Es el primer paso para que el vacío ultraalto tenga su propio patrón, simple y confiable, como un canario en la mina.
La fuente de litio en el CAVS es tan fría que la presión de su vapor a temperatura ambiente es inferior a 10^-16 Pa, que es 10^12 veces menor que la del rubidio. Un gramo de rubidio en un horno atómico puede proporcionar un flujo de átomos de 10^8 por segundo durante más de cien años.
La idea de un sensor que detecta colisiones individuales con moléculas resuena con los escáneres atmosféricos de 'Dune' de Frank Herbert, donde instrumentos sensibles captan los más mínimos cambios en la composición del aire.