Si se dirige un láser muy potente sobre un trozo de espuma, la luz puede crear un par de partículas: un electrón y un positrón. El positrón es similar al electrón, pero con carga positiva. Sin embargo, durante mucho tiempo no se lograba captar ese momento: las partículas generadas se perdían en el ruido, como un susurro entre la multitud.
Resulta que el plasma que produce el láser ayuda por sí mismo. En su interior aparece un campo magnético con forma de embudo. Ese embudo atrapa los positrones y los envía de vuelta, en dirección opuesta al haz. Allí, detrás, hay mucho menos ruido y las partículas son más fáciles de detectar. Además, el embudo los comprime en un haz estrecho, como una mano que recoge cuentas dispersas.
Para que se generen más positrones, el blanco se ha hecho de dos capas: primero una espuma de baja densidad y luego una densa. En la capa poco densa, el láser alcanza a crear el embudo, y en la densa se producen muchos pares. Los cálculos muestran que la señal se vuelve cientos de veces más intensa que antes. Este experimento ya se puede realizar en las grandes instalaciones láser actuales. Si funciona, los científicos verán por primera vez cómo la luz se transforma directamente en materia.
Los positrones generados en el plasma se giran 180 grados y vuelan hacia el haz láser, como nadadores que la corriente devuelve a la orilla.
La idea de crear materia a partir de la luz recuerda a tramas de ciencia ficción, como en la novela de Arthur C. Clarke 'La luz de otros días', donde la luz se usa para crear materia. En la realidad, el proceso de Breit-Wheeler es la conversión literal de la energía de los fotones en masa de partículas.