Dos recipientes comunicados por un tubo normalmente llegan al mismo nivel de agua. Pero si cada recipiente tiene un agujero, y los agujeros son diferentes, el nivel empieza a oscilar por sí solo. Así ocurre con la luz en dos depresiones de un microespejo: los fotones fluyen de un hoyo al otro, pero se pierden a velocidades distintas. Esas pérdidas no apagan el movimiento, sino que le marcan el ritmo.
Antes se creía que estas oscilaciones autosostenidas requerían una amplificación especial. Aquí, en cambio, las generaron las propias fugas, que normalmente se consideran enemigas del orden. Los científicos variaron la bomba y la longitud de onda de corte y trazaron un mapa: dónde la luz se queda quieta y dónde baila. Es un conocimiento fundamental, sin aplicaciones por ahora, pero podría servir para dispositivos de computación similares al cerebro.
Los ciclos límite en este sistema oscilan 11 veces más lento de lo que los fotones tunelan entre los pozos. Es como si dos vasos comunicantes intercambiaran agua en segundos, mientras que el nivel en ellos oscilara con un período de minutos.
La idea de la disipación controlada como constructora de orden resuena con la novela de Stanisław Lem 'Solaris', donde el océano organiza por sí mismo estructuras complejas a partir del caos. Aquí, la luz en la microcavidad, al perder energía, no muere, sino que se enrosca en una danza estable.