En lo profundo de una montaña, un haz de partículas diminutas entra en una nube de gas. Así reproducen los científicos las reacciones que tienen lugar dentro de las estrellas. Antes, entre el haz y el gas había una fina película, como el cristal de una ventana. Esta retenía partículas y dificultaba medir con exactitud lo que ocurría. Ahora han quitado la ventana, pero el gas no se dispersa: lo mantiene un sistema de bombas, como el agua de una fuente que circula en bucle.
El haz calienta el gas, y este se expande, como el aire sobre el asfalto caliente. Si no se tiene en cuenta, las mediciones serían incorrectas. Por eso, los científicos han construido dos dispositivos. Uno, como una balanza, mide el calor del haz. El otro, como un dedo que recorre un hilo, comprueba el espesor del gas a lo largo de todo el recorrido de las partículas.
La ventana que antes impedía ver se ha quitado. Ahora se ve la propia llama de las reacciones estelares.
El calorímetro mide la potencia del haz con precisión de décimas de vatio, aunque el haz transporta cientos de vatios. Es como notar que una tetera se ha enfriado medio grado cuando se le añade una cucharada de agua fría.