Una película delgada de niquelato de neodimio es una capa de solo quince nanómetros de grosor, miles de veces más fina que un cabello humano. A baja temperatura no conduce la corriente, porque los electrones están atrapados en sus sitios. Pero si se la golpea con un pulso láser que dura 30 femtosegundos, es decir, 30 millonésimas de milmillonésima de segundo, de pronto empieza a conducir la corriente como un alambre metálico.
Antes se creía que la conductividad y el orden de los átomos cambiaban juntos, como las dos ruedas de un mismo carro. Este experimento demostró que las ruedas pueden girar por separado. Los electrones empiezan a moverse libremente y los átomos se quedan en su sitio. Es como si un bailarín cambiara de ritmo sin cambiar de postura: las piernas van más rápido, pero el torso se queda quieto.
Para reordenar por completo el patrón atómico hace falta un pulso láser mucho más potente. Para pasar al estado metálico basta con una energía de 0,64 milijulios por centímetro cuadrado, mientras que para cambiar la forma de la red se necesitan 2,3 milijulios. La diferencia es de casi cuatro veces. Este hallazgo podría ayudar a crear interruptores ultrarrápidos que se controlan con luz y no gastan energía en reordenar los átomos.
La temperatura de transición del NdNiO3 ronda los 180 K, solo un poco por encima del punto de ebullición del nitrógeno líquido (77 K), así que basta un criostato estándar para observar el efecto.
La idea de un material que cambia su conductividad pero conserva la estructura cristalina recuerda a la noción de «transiciones de fase sin cambio de forma» de la ciencia ficción, por ejemplo en la novela de Isaac Asimov «Los propios dioses», donde una sustancia puede pasar a un estado con propiedades distintas sin cambios visibles.