El núcleo de hielo de la Antártida es una máquina del tiempo que registró el clima durante 130 000 años seguidos, año tras año, sin interrupciones. En las burbujas de aire atrapadas en el hielo se ha conservado el dióxido de carbono de aquellas épocas. Los científicos compararon su concentración con la temperatura que el hielo también recuerda, y vieron cómo ambos se hablan entre sí.
Primero, el gas manda sobre la temperatura: si el CO₂ en el aire se duplica, el planeta se calienta 13 grados. Pero el calor no se queda en deuda: hace que el océano y el suelo liberen gas adicional, unas 6 partículas de CO₂ por cada grado de calentamiento. Esta respuesta no llega de inmediato, sino a lo largo de varios siglos, como un eco en las montañas.
El hallazgo principal: la relación entre el gas y el calor no es instantánea, sino que se extiende en el tiempo. Primero el gas calienta, luego el calor libera gas, y así en círculo. El registro de hielo muestra que este círculo ha funcionado de manera estable durante decenas de miles de años. Por eso, conociendo el nivel actual de CO₂, se puede mirar con más confianza hacia el futuro del clima.
Los núcleos de hielo no solo guardan gas, sino también polvo, ceniza de volcanes e incluso rastros de incendios antiguos: a través de ellos se ve cómo ha cambiado la vida en la Tierra.