Alguien empieza a arrugar una hoja de papel lisa. Primero aparecen pliegues dispersos, luego cubren toda la superficie, y la hoja ya no es plana sino rugosa. Algo parecido le ocurre a la llama de hidrógeno: con un flujo de gas tranquilo es lisa y está inclinada en un ángulo, pero basta con cambiar la composición de la mezcla para que la superficie se cubra de celdas y arrugas. Este fenómeno se denomina inestabilidad termodifusiva: el hidrógeno ligero escapa rápidamente de la zona de combustión, y el calor se propaga de manera distinta a las moléculas de combustible, por lo que el frente plano comienza a curvarse espontáneamente.
Los científicos fijaron la llama en una varilla delgada para que no se escapara y dirigieron hacia ella un flujo de hidrógeno y aire premezclados. Mientras la mezcla es pobre (poca cantidad de hidrógeno), la llama permanece lisa, como una tela tensada. Pero si se añade un poco más de hidrógeno, aguas abajo pasa bruscamente a un estado arrugado, igual que un papel que se arruga desde un borde. Por la inclinación de la llama se puede calcular cuánto más rápido comenzó a arder: el ángulo con respecto al flujo aumenta, y esto se ve en las imágenes.
Para entender cuántas veces aumentó la velocidad de combustión, no basta con medir la inclinación: también hay que tener en cuenta cuánto aumentó el área superficial de la llama debido a las arrugas. Para ello se usaron tres métodos distintos de estimación del área, y todos dieron un resultado similar. Resultó que con una mezcla muy pobre (relación combustible-aire de 0.35) la velocidad aumenta en un factor de 1.1–1.3, mientras que con una mezcla ligeramente más rica (0.40) disminuye hasta 0.8–0.9 del valor original. Esto coincide con las predicciones teóricas y los cálculos computacionales.
Esta medición precisa es importante para los motores del futuro: el hidrógeno arde sin hollín ni dióxido de carbono, pero su llama es propensa a la inestabilidad. Si se aprende a controlar este arrugado, se pueden hacer quemadores más eficientes y seguros. Por ahora, la llama en la varilla es como una hoja de papel de laboratorio en la que se ve cada pliegue.
El hidrógeno es el gas más ligero, y su llama es casi invisible de día: es azul y transparente. Por eso en las plantas de hidrógeno se usan sensores especiales para detectar fugas a tiempo.
En la novela 'El marciano' de Andy Weir, el protagonista obtiene agua a partir del combustible de hidrógeno, quemándolo con oxígeno, pero allí la llama se comporta de manera tranquila, mientras que en la realidad puede cubrirse inesperadamente de celdas.