Berlín, diciembre de 1943. Una bomba impacta en el edificio y la primera computadora programable automática, el Z3, desaparece en llamas. Su creador, Konrad Zuse, no reconstruye la máquina. Pero la idea del Z3 —como una pintura perdida de la que solo quedan bocetos— espera su momento. Años después, los ingenieros recrean la lógica de esta obra maestra a partir de los planos que se conservaron y las descripciones de los circuitos.
Dentro del Z3 trabajan relés (interruptores electromagnéticos). Abren y cierran circuitos rápidamente, enviando señales eléctricas por cables sin interferencias. Las instrucciones se leen desde una cinta de papel perforada. Así, la computadora procesa números, realiza cálculos y mejora el algoritmo, todo paso a paso. Controla el proceso un bloque de cálculo digital, donde los bits recorren los circuitos lógicos como la sangre por las venas.
Las copias modernas no esconden la mecánica: en la versión suiza de 2024 se ven los ejes giratorios de los buscadores. Es una computadora digital que muestra su funcionamiento abiertamente. Estas réplicas son material didáctico: los estudiantes ven cómo simples interruptores se ensamblan en una calculadora. La ejecución lenta y visible de las operaciones es ideal para el aprendizaje.
Ochenta años después del bombardeo, los relés vuelven a chasquear. La pintura que se daba por perdida ha cobrado nueva vida, no como pieza de museo, sino como herramienta viva del conocimiento.
El Z3 original pesaba una tonelada y realizaba solo 3-4 sumas por segundo; cualquier microcalculadora actual es más rápida. Pero era capaz de trabajar con números muy grandes y muy pequeños gracias a un ingenioso formato de representación numérica.
Parece ciencia ficción estilo steampunk: una computadora mecánica, pero construida en serio en 1941.