Berlín, diciembre de 1943. El destello de una bomba y la primera computadora completamente automática y programable de la historia, el Z3, desaparece entre las llamas. Su creador, Konrad Zuse, ni siquiera intenta restaurar el hardware: después de la guerra construye nuevas máquinas. Pero la idea del Z3 —como un cuadro perdido del que solo quedan bocetos y recuerdos— espera su momento. Los restauradores, armados con esquemas y componentes modernos, recrean la lógica de la obra maestra, devolviéndole su voz: el acompasado clic de los relés.
La primera «restauración» ocurrió en 1962, cuando el propio Zuse construyó una copia para una disputa de patentes. En ella, los voluminosos relés originales fueron sustituidos por análogos en miniatura, se simplificó el montaje —como un copista que modifica ligeramente las pinceladas pero conserva la composición—. En 2001, en Berlín se creó un híbrido: se confió el control a un microcontrolador, las señales de reloj a la electrónica, mientras que la memoria y los circuitos lógicos se mantuvieron con relés —resultando un puente entre épocas—. El proyecto Z3r (2010) transformó la calculadora en un material didáctico: cada uno de los 2500 relés se equipó con un LED, y bajo la consola se colocaron 60 interruptores para el control manual de los bits. Y en 2024, ingenieros suizos presentaron la reconstrucción más auténtica: sustituyeron los relés escasos por conjuntos de diodos, pero conservaron los selectores paso a paso inclinados, la compatibilidad electromagnética e incluso el giro visible de los ejes.
En la base de todas las versiones está una palabra de 22 bits con coma flotante, con almacenamiento separado del signo, el exponente y la mantisa. La fórmula del número es (−1)^s × 1.m × 2^(e−64), donde s es el bit de signo, m la mantisa y e el exponente. El procesador lee los comandos de la cinta perforada —una larga tira de papel con agujeros— y los ejecuta de forma estrictamente secuencial. Paso a paso, los relés se abren y cierran, los registros se desplazan, los números se normalizan. En la versión suiza, los selectores paso a paso giran a la vista, y la máquina computadora discreta cobra vida: se ve cómo los bits se mueven por los circuitos como sangre por los vasos. Ni siquiera la simulación numérica en procesadores modernos puede transmitir esta belleza cinética.
Estas restauraciones no son momias de museo. Se han convertido en un campo de pruebas: los historiadores analizan la lógica reproducida, los ingenieros prueban la tolerancia a fallos de los circuitos de relés. Las demostraciones públicas en Solothurn congregan a espectadores que escuchan los clics de una tecnología de 80 años y comprenden: la potencia de cálculo no se mide solo en gigahercios. El interés por las computadoras de relés crece en la educación: la ejecución lenta y visual de las operaciones es ideal para explicar la arquitectura de los ordenadores. Quizás las próximas réplicas incorporen una interfaz táctil: los visitantes podrán introducir el programa manualmente mediante clavijas.
Ochenta años después del bombardeo, Zuse podría entrar en la sala donde giran los selectores y chasquean los relés, y reconocer su creación. Su Z3, destruido pero no desaparecido, ha cobrado una nueva vida en restauraciones que preservan no solo el principio, sino también el alma del primer autómata programable. En ese ritmo acompasado no hay solo historia, sino una prefiguración de nuestro mundo digital.
El Z3 original pesaba alrededor de una tonelada, pero solo realizaba de 3 a 4 sumas por segundo, más lento que una calculadora de reloj de pulsera de los años 80. Sin embargo, su aritmética de 22 bits con coma flotante se adelantó décadas a su tiempo: los procesadores comerciales no la adoptaron hasta los años 80.
Recuerda a la historia alternativa de la novela de William Gibson «La máquina diferencial», donde el mundo utiliza computadoras mecánicas. La lógica de relés del Z3 es una encarnación viva del steampunk, solo que construida en serio en 1941.