En Marte, como en la Tierra, el aire respira: la presión sube y baja al ritmo de la marea diurna, una onda calentada por el Sol. Pero en los registros del módulo InSight se escondía otra onda, más débil. Es como un eco que se ahoga en el sonido fuerte del tono principal.
Esa onda débil se llama onda de Kelvin. Rodea el planeta en círculos, como las ondas en el agua al lanzar una piedra. Normalmente no se ve: su frecuencia casi coincide con la de la marea diurna y las señales se funden. Pero durante la gran tormenta de polvo del año marciano 34, la onda de Kelvin se cuadruplicó, pasando de 2 a 8 pascales. En comparación, la marea diurna en ese mismo momento alcanzaba los 39 pascales.
Debido a la resonancia, la marea diurna se aceleró temporalmente: su período se redujo de 24 a 23,5 horas marcianas. Luego, la onda de Kelvin se atenuó rápidamente y el día volvió a la normalidad. El modelo informático del clima marciano reprodujo estos cambios, lo que confirma que la resonancia fue real y no un fallo aleatorio del sensor.
Estas coincidencias de ondas son como dos músicos que tocan la misma nota por casualidad y amplifican el sonido. En Marte, esto ayuda a predecir tormentas de polvo y a entender cómo responde la atmósfera del planeta al calentamiento.
La presión en Marte es cientos de veces menor que en la Tierra: 8 pascales equivalen al peso de una moneda pequeña repartido sobre una hoja de papel.