La orquesta suena afinada mientras el director va rápido. En los ratones jóvenes, el cerebro recibe la señal de la comida y pone en marcha la bebida casi de inmediato. En los ratones viejos ese director se frena: después de comer no empiezan a beber a los 4 minutos, como los jóvenes, sino a los 21 minutos. Por eso andan deshidratados con frecuencia, aunque el agua esté ahí al lado.
Todo está en cómo el organismo retiene el agua. En los ratones viejos hay menos agua en la sangre y más sustancias disueltas, y la hormona que obliga a los riñones a ahorrar agua se produce peor. Además, los riñones le hacen menos caso, así que el agua se va con la orina con demasiada facilidad.
Pero lo sorprendente es otra cosa: si se priva a los ratones viejos de agua durante un día entero, beben más que los jóvenes y disfrutan más del agua. Es decir, la sed en sí no ha desaparecido, sino que incluso se ha intensificado. Lo que se ha vuelto más lento son las señales de la boca y los intestinos, las que dicen «toca beber después de comer». Y las señales de la sangre, las que dicen «estás deshidratado», funcionan igual que antes o incluso más fuerte. Por eso los ratones viejos se olvidan de beber a tiempo, pero cuando por fin llegan al agua, beben con avidez. Para las personas, esto significa que a los mayores conviene ofrecerles agua con más frecuencia, precisamente después de comer, cuando el vínculo entre comer y beber se ha debilitado.
Los ratones viejos a menudo dejan caer y esparcen la comida, así que para comer lo mismo necesitan más tiempo manejando los gránulos. Esto no les impide comer con normalidad, pero retrasa el inicio de la bebida después de la comida.
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