Una gota de agua sobre una película de fluoropolímero al principio se comporta como se espera: reposa y se evapora. Pero cuando se reduce a una cuarta parte de su tamaño inicial, se despega del lugar y en fracciones de segundo recorre una distancia varias veces mayor que su propio radio. Luego avanza lentamente, pero con constancia, dejando tras de sí una huella invisible de cargas eléctricas. Esa huella es la causa del movimiento.
La evaporación arranca de la gota una fina capa de cargas que siempre existe en la interfaz entre el agua y la superficie. Las cargas no desaparecen, sino que quedan en la película, como huellas dactilares. Al encogerse, la gota deja detrás zonas cargadas. Si la superficie es ligeramente no uniforme, la evaporación es desigual y la carga se distribuye en parches: en unos lugares positiva, en otros negativa. La gota, que lleva su propia carga, percibe esos parches y se repele de los que tienen su misma polaridad.
Antes se pensaba que la evaporación de una gota era simplemente una cuestión de calor y humedad. Pero ahora se ve que las fuerzas eléctricas pueden ser tan importantes como las capilares. La gota no solo se seca pasivamente, sino que abre activamente su camino, evitando las zonas ya "manchadas". En la superficie queda un patrón de mosaico que puede leerse como un mapa de su viaje.
Esta danza de gotas no solo importa a los físicos. Las impresoras de chorro de tinta que imprimen microchips o muestras biológicas requieren que la gota caiga exactamente en el punto deseado. Si la gota decide escabullirse después de posarse, la precisión se resiente. Comprender el mecanismo permitirá suprimir el automovimiento o, por el contrario, aprovecharlo para clasificar y transportar micropartículas. Una gota que dibuja su propio camino con pinceladas eléctricas podría convertirse en una herramienta, no en un estorbo.
La gota se mueve a una velocidad de hasta 100 mm/s, lo que equivaldría a que una persona de 1,8 m de altura corriera 18 metros por segundo, es decir, a 65 km/h.