Un intérprete se distrae con cada crujido en la sala, y una reunión de una hora se convierte en dos. Así, más o menos, el desorden en un cristal frena a los electrones: las pequeñas inhomogeneidades los obligan a zigzaguear, y la resistencia aumenta.
En el cristal de PdTe, enfriado a 5 kelvin (unos 268 grados Celsius bajo cero), se aplicó un campo magnético. La resistencia aumentó un 112%. Primero crecía como el cuadrado del campo, pero después de 2 a 3 teslas empezó a crecer en línea recta. Ese comportamiento suele interpretarse como señal de física exótica, pero aquí todo resultó más sencillo.
Ese mismo desorden explicó también otro efecto: cuando se hacía girar el campo en el plano del cristal, aparecía un voltaje transversal. Crecia más lentamente de lo que se esperaría para una explicación exótica, y coincidió exactamente con la imagen clásica, en la que los electrones se dispersan de manera distinta según la dirección del campo.
El intérprete que se distrae con los crujidos, al final, traduce igualmente, solo que más despacio. Así ocurre con el PdTe: el comportamiento inusual resultó ser consecuencia del desorden ordinario, no de la topología.
El campo magnético necesario para alcanzar el límite cuántico en PdTe se estima en 2.49 kiloteslas, cientos de veces más intenso que el campo del imán estacionario más potente del mundo.