El océano Pacífico frente a las costas de Sudamérica a veces se calienta mucho, y entonces en unos países comienzan sequías y en otros, inundaciones. A este fenómeno se le llama El Niño. Los científicos idearon una forma de debilitarlo: rociar sobre el océano diminutas gotas de agua salada. Con esto, las nubes se vuelven más densas y reflejan más luz solar, como una sábana blanca que se pone sobre algo caliente. En un modelo computacional, ese enfriamiento redujo la temperatura del agua en el lugar indicado en un grado y medio, y el clima casi volvió a la normalidad.
Pero hay una condición importante: hay que empezar con anticipación, apenas aparezcan los primeros signos de El Niño, y continuar durante varios meses. Si se llega tarde y se activa el rociado solo al final, el efecto es cinco veces más débil. La razón es que el agua cálida se calienta a sí misma: debilita el viento, y el viento débil no mezcla el océano, así que el agua se calienta aún más. El enfriamiento temprano impide que este círculo se cierre.
Por ahora, esto son solo cálculos en computadora. Para rociar sal de verdad, se necesitarían miles de barcos, y hay que verificar si no dañaría otros lugares del planeta. Pero al menos ya está claro que la fiebre del océano se puede combatir no solo con pronósticos, sino también con acciones.
Para alcanzar la concentración de gotas necesaria se requerirían unos 2000 buques mercantes rociando sal marina, lo que supone aproximadamente el 2% de la flota mercante mundial.
La idea de gestionar el clima de forma selectiva recuerda a la novela de Kim Stanley Robinson 'El Ministerio del Futuro', donde se usa la geoingeniería para mitigar catástrofes climáticas, aunque allí el énfasis está en enfriar el planeta, no en debilitar un El Niño concreto.