Dos directores dirigen una misma orquesta. Uno agita la batuta con rapidez, y la música cambia cada pocos segundos. El segundo apenas se mueve, pero su lento respirar marca el pulso general de toda la sinfonía. Algo parecido ocurre en el Pacífico: una parte del viento desplaza rápido el agua cálida, mientras que la otra va transformando lentamente todo el océano.
Antes, los científicos solo veían un único viento. Ahora lo han dividido en dos componentes. La primera es divergente: empuja el agua, y el agua cálida se acumula rápidamente frente a las costas de Sudamérica. Eso es El Niño. La segunda es rotacional: hace girar el agua, como una cuchara en una taza, y actúa con mucha lentitud. Esta parte lenta genera ondas que recorren el océano durante 25–27 años.
Cuando una onda lenta llega al centro del océano, refuerza o debilita El Niño. Así, unas décadas traen muchos episodios fuertes de El Niño, y otras, pocos. Ahora que conocen ambos vientos, los científicos pueden anticipar mejor cuándo llegará el próximo El Niño intenso.
La primera mención científica de El Niño data de 1892, pero los pescadores peruanos ya conocían la corriente cálida que llegaba a sus costas en Navidad desde el siglo XVII, y la llamaban 'el Niño Jesús'.
En la novela de Kim Stanley Robinson 'Cuarenta señales de lluvia', los climatólogos luchan contra las consecuencias de cambios bruscos en las corrientes oceánicas, que recuerdan los cambios de régimen de El Niño, explicados aquí por una modulación lenta de la estratificación.