El cirujano introduce un tubo en la aorta para que la sangre circule sin pasar por el corazón. El chorro del tubo golpea la pared del vaso como una manguera de jardín contra un macizo de flores, y desprende partículas que pueden viajar hasta el cerebro.
Los científicos construyeron modelos computacionales de aortas de cuatro personas: un niño, un adolescente, un adulto y un anciano. Variaron el ángulo del tubo —recto (90 grados) e inclinado (30 grados)—, así como la viscosidad de la sangre y el tamaño de las partículas. Descubrieron que el tubo inclinado envía hacia los vasos del cerebro entre un 18% y un 50% menos de partículas que el recto. En la aorta anciana, el efecto es más pronunciado.
La aorta infantil resultó ser la más sensible: si la sangre es más fluida y las partículas más grandes, llegan notablemente más partículas al cerebro. Inclinar el tubo es una forma sencilla de hacer la operación más segura, especialmente para los ancianos.
La mayor diferencia entre el tubo recto y el inclinado se da en los ancianos: la inclinación reduce a la mitad el paso de partículas al cerebro.