El tendón del hombro es como un cable que sostiene el brazo y le permite girar. Cuando ese cable sufre una lesión, su estructura interna cambia y empieza a estirarse de otra manera. En este trabajo tomaron el tendón del supraespinoso de una rata y lo estiraron a lo largo de sus fibras, registrando a la vez cómo se desplazaba cada punto en su interior. Obtuvieron un mapa tridimensional completo de las deformaciones, tanto para el tendón sano como para el dañado.
Luego surgió la pregunta: ¿cómo describir ese comportamiento con fórmulas? Los científicos probaron tres modelos de distinta complejidad. El primero, el más simple, trataba el tejido como una goma homogénea. El segundo, más sofisticado, tenía en cuenta que en el tendón hay fibras que resisten el estiramiento de forma distinta a lo largo y a lo ancho. El tercero era aún más simple que el segundo, pero con un añadido que describe el cizallamiento. Resultó que el modelo más simple falla: no detecta cómo el tendón dañado empieza a deslizarse internamente. En cambio, el modelo intermedio y el simplificado funcionaron igual de bien, aunque uno usa más parámetros.
¿Para qué sirve esto? Si aprendemos a predecir con precisión cómo se comportará un tendón tras una lesión o una operación, los médicos podrán elegir el tratamiento de forma individualizada. Por ahora, ningún modelo reproduce todos los detalles, pero incluso la versión simplificada captura las tendencias principales. Es como un mapa aproximado del terreno: no te dice cada piedra, pero sí la dirección.
Un tendón dañado se parece a una cuerda en la que algunos hilos se han desgastado: al tensarla, las fibras que quedan empiezan a deslizarse y a moverse más que en una cuerda entera. Ese deslizamiento resultó ser clave: el modelo más simple no lo ve, pero los más realistas sí.
El tendón del supraespinoso es uno de los que más se lesionan en las personas: es responsable de hasta la mitad de todos los dolores de hombro.