Una pizca de polvo de diamante en un vaso de líquido actúa como cientos de diminutas brújulas magnéticas. Cuando aparecen cerca moléculas con electrones desapareados (llamadas paramagnéticas), las agujas de esas brújulas comienzan a temblar. Ese temblor permite saber qué molécula es y cuánta hay.
Antes, estas mediciones eran lentas: las partículas de diamante se interrogaban una a una con pulsos láser, y cada respuesta tomaba minutos. En el nuevo trabajo se ha construido un dispositivo donde miles de granos de diamante se interrogan simultáneamente, y la señal la lee un detector rápido: un fotodiodo de avalancha, que actúa como un ojo muy sensible. La electrónica basada en un chip programable (FPGA) suma al instante las respuestas de todas las partículas.
Ahora los químicos pueden seguir reacciones con partículas paramagnéticas casi en directo. Si se mejora la técnica, se podrán ver procesos de menos de un segundo, como el intercambio de electrones entre proteínas en la célula.
El polvo de diamante para estos experimentos no brilla como una joya: las partículas miden menos de la centésima parte del grosor de un cabello y en ellas se crea deliberadamente un defecto: un lugar sin átomo de carbono, junto al cual se sitúa un átomo de nitrógeno. Ese defecto es el que capta las señales magnéticas.
En la novela de Neal Stephenson 'La era del diamante', las nanopartículas se convierten en bloques de construcción del futuro; aquí, el polvo de diamante no es material de construcción, sino un explorador en el mundo de las moléculas.