Una lámina ultrafina de disulfuro de molibdeno, un material de un átomo de espesor, puede brillar cuando le incide luz. Pero esa luz no es simple: mezcla dos colores muy cercanos, que los científicos llaman excitones A y B. Los separa muy poca energía, como dos casas vecinas en la misma calle. Separar un color del otro es difícil, pero necesario: estos materiales prometen ser la base de fuentes de luz y sensores diminutos.
Los autores del trabajo propusieron colocar junto a la lámina unos cilindros huecos de oro, como pequeños pozos verticales. El oro puede concentrar la luz a su alrededor y amplificarla, como una lente, pero a nanoescala. Variando la altura y el ancho del cilindro, se puede ajustar para que amplifique justo el color deseado, ya sea A o B. Entre el oro y la lámina se deja una fina capa aislante para que la luz no se apague, sino que se intensifique.
Es como si tuvieras una guitarra con dos cuerdas que suenan casi igual y aprendieras a pulsar solo una, y además más fuerte que antes. Este control abre el camino a dispositivos donde se pueda cambiar el color de la emisión sin cambiar el material en sí.
Así que los futuros chips ópticos podrían verse como una lámina de semiconductor salpicada de pozos dorados, cada uno responsable de su propio tono.
A nanoescala, el oro deja de ser simplemente un metal amarillo: su color depende del tamaño y la forma de las partículas, por lo que los nanocilindros pueden 'sintonizarse' para emitir el tono deseado.
En la novela 'La era del diamante' de Neal Stephenson, la nanotecnología permite construir dispositivos átomo a átomo; un principio similar de ajuste preciso de la luz se utiliza aquí.