Una bombilla que no ilumina con un flujo continuo, sino con gotas sueltas: fotones. Estas fuentes "de gotas" se llaman emisores individuales. Son necesarias para la comunicación cuántica, donde cada fotón lleva un bit de información, y para mediciones ultraprecisas. En los últimos diez años, los científicos descubrieron que las películas ultrafinas —monocapas de dicalcogenuros de metales de transición (compuestos de un metal con azufre o selenio)— pueden emitir luz justamente así: de a un fotón por vez.
¿De dónde sale esta capacidad? La película es como una capa de átomos del grosor de una canica. En ella a veces aparecen defectos, como una arruga en un mantel liso. Se cree que son precisamente esos defectos los que funcionan como "nidos" para los fotones individuales. El problema es que distintos investigadores ven estos nidos de maneras diferentes: unos hablan de átomos faltantes, otros de impurezas o tensiones en el cristal. Los autores de la revisión reunieron todas las versiones y las compararon, como detectives que cotejan los testimonios de los testigos.
Para poner orden, los científicos proponen un "pasaporte" común para cada emisor: un conjunto de mediciones con el que cualquiera pueda determinar sus características. Este enfoque acelerará la comparación de resultados de distintos laboratorios y ayudará a elegir las mejores películas para futuros dispositivos cuánticos, desde líneas de comunicación seguras hasta sensores sensibles a moléculas individuales. Y entonces la bombilla "de gotas" dejará de ser solo una metáfora bonita para convertirse en una herramienta de trabajo.
Una monocapa de dicalcogenuro de metal de transición es tan delgada que la luz la atraviesa casi sin pérdidas, pero aun así puede ser más resistente que el acero del mismo espesor.
En la novela "La luz de las estrellas lejanas", los transmisores cuánticos basados en defectos en cristales aseguraban la comunicación instantánea entre colonias, casi como en la revisión, solo que sin distancias interestelares.