Una diminuta musaraña corretea entre la hierba; su corazón late a casi mil pulsaciones por minuto. Un elefante africano camina pausadamente por la sabana: su pulso es de solo 28 latidos. La primera vivirá como mucho un par de años; el segundo, siete décadas. Pero si multiplicamos la esperanza de vida por el pulso, ambos obtienen alrededor de mil millones de contracciones cardíacas. Como si a cada uno se le asignara la misma reserva de latidos.
Esta regularidad se observó hace más de cien años, pero no se había sometido a una verificación rigurosa. Los autores del nuevo estudio reunieron datos de 230 especies: desde primates hasta ballenas, desde murciélagos hasta serpientes. Tuvieron en cuenta las particularidades de cada grupo — por ejemplo, en las ballenas que bucean el pulso se ralentiza, y en los murciélagos en hibernación el corazón casi se detiene. Luego realizaron cuatro pruebas estadísticas independientes. Conclusión: el número de latidos por vida prácticamente no varía de una especie a otra.
¿Por qué ocurre esto? Probablemente se deba al desgaste de las "piezas": el músculo cardíaco, las válvulas y las paredes de los vasos están diseñados para aproximadamente el mismo número de ciclos de estiramiento y compresión. La naturaleza parece haber instalado un contador universal. Hay excepciones — por ejemplo, los humanos, con sus mil millones de latidos, viven notablemente más que muchos animales de tamaño similar. Pero la regla general es sorprendentemente robusta.
El corazón de la musaraña late tan rápido que los latidos individuales se funden en un zumbido — si pones un dedo, sientes una vibración, no golpes.
En la novela "El pájaro de fuego" de Vladímir Savchenko, los extraterrestres viven según el "tiempo de pulso" — su vida no se mide en años, sino en número de contracciones cardíacas.