Una linterna ilumina a través de la piel y el hueso para activar suavemente las neuronas en el punto exacto del cerebro. Así funciona la estimulación magnética transcraneal: una bobina sobre la cabeza genera breves pulsos magnéticos que disparan señales eléctricas en las células. Pero si inclinas o alejas la linterna, la luz se desvía. Lo mismo ocurre con la bobina: el punto principal donde el campo magnético produce la respuesta más fuerte debe tocar la cabeza primero, y permanecer en ángulo recto con la superficie. Incluso una pequeña inclinación debilita el efecto o lo desplaza a zonas vecinas.
En la práctica, mantener la posición correcta es difícil. El cabello, la forma del cráneo y los movimientos del paciente lo complican todo. Muchos operadores, incluso los experimentados, no notan que la bobina se ha deslizado. Los autores de este trabajo tomaron componentes comunes de la electrónica de consumo y construyeron un sensor que informa continuamente: dónde exactamente toca la bobina la cabeza y con qué fuerza se presiona. Se fija directamente a la superficie de trabajo de la bobina y no se desajusta durante los pulsos: el golpe magnético no lo reinicia ni lo deteriora con el tiempo.
Este asistente cuesta una miseria comparado con el equipo de estimulación en sí. El médico o investigador ve en la pantalla una imagen sencilla: el punto de contacto y el nivel de presión. No hay que adivinar si la bobina está bien ajustada. Así, el procedimiento se vuelve más preciso y seguro, tanto para tratar la depresión como para estudiar el funcionamiento del cerebro. Cuando la linterna ilumina justo donde debe y no tiembla en las manos, el resultado es predecible.
El sensor está hecho con las mismas piezas que los botones táctiles de los microondas o las cafeteras, solo que ajustado para una sensibilidad mucho mayor.