Un robot en un laberinto dio un paso hacia un callejón sin salida, y un minuto después encontró la salida. No es un error: es la táctica de un cartógrafo. Rodea la montaña por todos lados para trazar un mapa preciso. Los algoritmos exploradores ahora actúan igual: no persiguen un único objetivo, sino que coleccionan diferentes rutas.
El nuevo enfoque, que imita la evolución, despliega varios buscadores con pequeñas variaciones. Sus trayectorias se repelen entre sí, como imanes, para evitar repetirse. Lo encontrado va a un archivo común, donde cada solución guarda su código y sus rasgos visibles (por ejemplo, las coordenadas). En pruebas con laberintos, estos equipos recopilaron hasta 3199 maniobras únicas, frente a las 2824 de los solitarios.
El método será útil para modelos informáticos y problemas con aleatoriedad, donde se necesita no una respuesta, sino un abanico de opciones: desde el diseño de fármacos hasta los planes de robots. El continente desconocido ya no lo cartografían solitarios, sino equipos coordinados. Cada paso lateral es un camino hacia el descubrimiento.
En las pruebas, el robot se alejaba del objetivo, y un extraño desvío abría un camino corto. El callejón sin salida se convertía en un avance.