En las aguas costeras poco profundas, donde el agua va y viene, la vida sigue el ritmo del sol. La película marrón en la superficie del lodo no es simple suciedad, sino una densa comunidad de diminutas diatomeas. Durante el día reciben mucha luz para la fotosíntesis, pero cuando el sol se intensifica, dentro de las células se desata una verdadera tormenta química. El exceso de energía genera especies reactivas de oxígeno —fragmentos agresivos de moléculas capaces de destruir los delicados mecanismos celulares.
Las algas no están indefensas. Algunas activan un "kit de reparación" interno: el ciclo de las xantofilas, que apaga el exceso de energía antes de que cause daños. Pero hay un método más radical: las diminutas diatomeas, retorciéndose en su vaina mucosa, se desplazan hacia el interior del sedimento. Hasta ahora no estaba claro qué desencadena exactamente este movimiento. Los investigadores estudiaron dos comunidades: una podía migrar libremente a través del lodo, mientras que la otra carecía de esa capacidad. Las sometieron a tres tipos de estrés: luz intensa, plasma frío y exposición directa al peróxido de hidrógeno.
El resultado fue contundente: ante cualquier tipo de estrés oxidativo, las algas se movían de forma coordinada hacia abajo. La principal señal de huida era el peróxido de hidrógeno —la misma molécula que usamos para limpiar heridas. Pero aquí vienen los matices. Cuando la migración estaba bloqueada, las algas activaban bruscamente el ciclo de las xantofilas, el plan B para salvar la fotosíntesis. Esto significa que las vías de control del movimiento y de la protección interna están separadas en la célula, pero trabajan en conjunto: si no se puede escapar, se activa un escudo químico reforzado.
Las diatomeas no se desplazan con flagelos, sino que secretan moco y se deslizan sobre él, como diminutas orugas.