Un bosque no vive en un mundo estático. En invierno y verano, de día y de noche, las condiciones a su alrededor cambian, y cada una de esas oscilaciones es como un ritmo al que se ajustan todos sus habitantes. Pero hasta ahora, los ecólogos estudiaban sobre todo cómo se mantienen las comunidades de seres vivos en un entorno invariable, como si probaran la resistencia de un puente solo en un día sin viento.
Los autores del nuevo trabajo parten de una imagen sencilla: las especies de un ecosistema están conectadas como los pasajeros de un mismo bote: cada movimiento de uno afecta a los demás. Si el entorno cambia lentamente, el destino de la comunidad lo decide la fuerza promedio de esas conexiones. Si esta supera las perturbaciones internas, el bote navega estable. Es como cuando un columpio que se mece despacio no hace perder el equilibrio a quien lo mantiene.
Este resultado no es importante solo para los ecólogos. Muestra que los sistemas vivos pueden ser más resilientes de lo que pensábamos si los observamos en el mundo real, que cambia constantemente. Un bosque que se mece con el viento cada día puede resultar más fuerte que uno que permanece en la calma.
Las fluctuaciones rápidas del entorno pueden funcionar como un calmante para el ecosistema: no lo dejan oscilar hasta un límite peligroso.
En la novela de Frank Herbert «Dune», el ecosistema del planeta Arrakis se rige por los estrictos ciclos del desierto y las raras tormentas, y son precisamente esos ciclos los que lo hacen asombrosamente resistente.