En 2019, los habitantes del distrito de Palghar, en el oeste de la India, sintieron que la tierra se les escapaba bajo los pies, no una vez, sino miles. En dos años, los sismógrafos registraron unos 50 000 temblores. No se trata de un terremoto ordinario con un sismo principal y réplicas, sino de un enjambre: una serie de eventos que se calma y vuelve a avivarse, como una hoguera que arde a fuego lento y a la que se le echan más ramas.
Los científicos aplicaron aprendizaje automático para captar incluso las señales más débiles y revisaron cada evento. Resultó que los temblores nacen en dos fallas poco profundas del basamento granítico, una roca que suele considerarse resistente y tranquila. Primero tembló la fractura occidental, luego la actividad saltó a la oriental y después se extendió a la zona de daño entre ambas. Este orden recuerda a una carrera de relevos, solo que en lugar de corredores, son segmentos de la corteza.
Por lo general, los enjambres se explican o bien por el movimiento de aguas subterráneas que lubrican las fallas, o bien por un deslizamiento lento sin grandes sacudidas. Pero en Palghar ninguno de estos mecanismos actúa por sí solo. Las observaciones mostraron una mezcla: el agua ayudaba a la deformación y la tensión se transfería de una falla a otra, como si engranajes vecinos se acoplaran entre sí. Este hallazgo cambia la visión sobre cómo se comporta la corteza continental estable y ayuda a comprender mejor cuándo y por qué la tierra decide recordar su presencia.
Durante el enjambre de Palghar, los lugareños informaron de un rumor subterráneo parecido a truenos, aunque los epicentros se encontraban a unos 5 kilómetros de profundidad.