Un bol de gelatina tiembla pero mantiene la forma si se agita ligeramente. Un jarabe espeso, ante el mismo movimiento, se ondula y se extiende. Un hígado sano se parece a la gelatina, mientras que uno inflamado, a bajas frecuencias, se vuelve más parecido al jarabe.
Los científicos han construido un aparato que agita el hígado a doce frecuencias diferentes, desde cinco hasta ochenta oscilaciones por segundo. Cada oscilación es como un empujón suave con la palma de la mano. El dispositivo observa cómo la onda atraviesa el órgano y, según su velocidad y atenuación, determina cuán elástico o viscoso es el tejido.
Resulta que, con inflamación, a frecuencias por debajo de 20 hercios el hígado pierde elasticidad y comienza a disipar energía, como un líquido. En los pacientes, la pérdida de energía aumentó un 63%, mientras que la velocidad de la onda solo creció un 8%. Esto significa que lo que cambia no es tanto la rigidez del órgano, sino su capacidad para amortiguar las oscilaciones.
El método ya se ha probado en nueve voluntarios sanos y nueve pacientes con enfermedades hepáticas inflamatorias. La diferencia se ve con claridad. Ahora los médicos podrán examinar el hígado sin pinchazos: basta con agitarlo suavemente y escuchar cómo responde.
El hígado es el único órgano interno capaz de regenerarse casi por completo incluso después de perder dos tercios de su tejido.