En la isla escocesa de Hirta, donde el viento dobla la hierba y no hay dónde guarecerse, vive un rebaño de ovejas salvajes. Desde 1985, los científicos anotan quién nació, quién sobrevivió y quién dejó descendencia. A lo largo de estos años, la población unas veces creció hasta seiscientas setenta cabezas y otras se redujo a doscientas once. Esos vaivenes crearon un experimento natural: permiten comprobar cómo el hacinamiento y la escasez de comida influyen en el envejecimiento.
Antes se pensaba que en los años malos los animales viejos se deterioran más rápido que los jóvenes, porque les queda menos margen de resistencia. Esta idea se comparaba con un cimiento: si la casa se apoya en una base débil, el viento fuerte la sacudirá más que a una sólida. Pero en las ovejas de Soay el cimiento resultó igual de firme con cualquier tiempo. La alta densidad de población sí reducía los valores medios: la supervivencia caía y nacían menos corderos. Sin embargo, la velocidad con la que esos valores empeoraban con la edad no cambiaba ni en los machos ni en las hembras.
Los investigadores esperaban que los machos fueran más vulnerables al entorno, pues en los sistemas poligínicos gastan muchas fuerzas en la competencia. Pero los datos no lo confirmaron. El envejecimiento de la supervivencia y de la reproducción avanzaba igual con cualquier densidad en ambos sexos. Esto significa que la regla simple de que «los machos son siempre más frágiles» no es universal. Quizá la desaparición selectiva de los individuos débiles enmascara la vulnerabilidad con la edad, y la experiencia acumulada ayuda a las ovejas viejas a sobrellevar las dificultades.
Así pues, los estresores externos, como el hacinamiento y el hambre, reducen el nivel general de vida, pero no aceleran el proceso mismo del envejecimiento. El reloj biológico interno marca la misma velocidad en los buenos y en los malos tiempos. Esto nos devuelve a la imagen del cimiento: el viento puede arrancarle el tejado a una casa, pero no hará que sus paredes se derrumben más deprisa.
Hoy estos resultados importan a los ecólogos que estudian poblaciones silvestres y a los gerontólogos que buscan maneras de frenar el envejecimiento en el ser humano. Nos recuerdan que no conviene sobreestimar el papel de los estresores externos. La vejez, al menos en las ovejas de Soay, no es una casa que se derrumba por el viento, sino un cimiento que se mantiene firme hasta que agota sus propios recursos.
Las ovejas de Soay viven en la isla de Hirta sin gestión humana desde hace miles de años, y su número oscila entre 211 y 672 individuos, lo que convierte a la población en un laboratorio natural ideal.
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