Dentro de cada célula del zapote hay un libro de ADN enorme, y está lleno de páginas de más. Esas páginas son elementos móviles, trozos de código genético que saben hacer copias de sí mismos e insertarlas en distintos lugares. En el zapote se acumularon tantas repeticiones que su genoma llegó a ser el doble de grande que el de sus parientes más cercanos, aunque de genes auténticos casi no se sumó nada.
El tipo que más se multiplicó se llama Gypsy. Hace unos 90 mil años protagonizó una verdadera explosión: se copiaba y se insertaba en el ADN, inflando los espacios entre los genes. La célula no podía detenerlo, pero aprendió a convivir con ello. Les pone a esos fragmentos marcas químicas, como cuando un bibliotecario pega una etiqueta de «no prestar». Esas marcas, o metilación, impiden que los elementos móviles vuelvan a ponerse en marcha.
Ahora que el genoma del zapote está leído por completo, los fitomejoradores pueden localizar los genes que hacen dulces y aromáticos los frutos y crear nuevas variedades. Y el propio árbol muestra cómo las plantas se las arreglan con la invasión de elementos móviles e incluso sacan provecho de ella.
El genoma del zapote es solo 1,6 veces más grande que el humano, pero contiene apenas unos 35 mil genes frente a los 20 mil del ser humano: la diferencia de tamaño se debe casi por completo a las repeticiones, no al número de genes.
No publicado en arXiv. Aquí están su página, el PDF y la formalización: puede comprobarlo usted mismo, no solo leer nuestro análisis.