El oleaje llega a la orilla no con un frente uniforme, sino con lenguas de espuma que unas veces se funden y otras se separan. Los campos magnéticos dentro de los materiales se comportan de forma parecida: respiran en forma de ondas y, hasta ahora, nadie las había visto en su totalidad. Unos físicos de Princeton han construido un dispositivo que capta esas ondas por primera vez tal como un radar capta aviones, es decir, determina no solo la intensidad de la señal, sino también su dirección, su longitud y su velocidad.
Cada defecto es una antena diminuta, pero por separado las antenas son débiles. Cuando son muchas, se refuerzan entre sí y la imagen sale nítida. Antes, esas antenas escuchaban el ruido en un solo punto o entre dos puntos, así que solo percibían fragmentos de la melodía. El nuevo montaje toma lecturas de toda la superficie a la vez, y el ordenador las convierte en un mapa de ondas, igual que un radar convierte el eco en una trayectoria.
Para ver las ondas más cortas, los científicos queman con láser los defectos sobrantes y dejan una mancha luminosa de cien nanómetros de tamaño. Es como entrecerrar los ojos para distinguir un barco lejano: cuanto menor es la mancha, más finos son los detalles que distingue. Ese gesto permite asomarse más allá del límite que impone la óptica convencional.
Ahora los físicos pueden escuchar el oleaje magnético en superconductores y materiales magnéticos, donde nacen nuevas fases de la materia. Antes, esas ondas solo se intuían por indicios indirectos; ahora se pueden medir de forma directa, desde cien nanómetros hasta micrómetros. Y si el oleaje cambia, seremos los primeros en verlo.
El volumen sensible del sensor puede comprimirse hasta 100 nanómetros, 2.5 veces menos que el límite de difracción de la luz. Es como leer el periódico por el ojo de una cerradura, pero distinguiendo las letras una a una.
La idea de ver las ondas invisibles de la materia resuena con las «ondas psi» de «Dune», de Frank Herbert, donde los navegantes perciben corrientes ocultas del espacio.