
Los primeros candidatos fiables a planetas errantes se detectaron en 2004 por su débil resplandor infrarrojo en el cúmulo de Orión y mediante eventos de microlentes.
Los planetas nacen en discos de gas y polvo alrededor de las estrellas. Si cerca hay otro planeta masivo o pasa una estrella, una honda gravitacional puede arrancar al planeta menor del abrazo de su estrella madre, convirtiéndolo en un eterno vagabundo. Para encontrarlo, los astrónomos buscan "jorobas" en las curvas de luz de las estrellas: un aumento instantáneo del brillo predicho por la relatividad general.
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