
Ya en la antigüedad, la gente notaba «huecos» oscuros en el fondo de la Vía Láctea, pero el reconocimiento científico del medio interestelar no llegó hasta el siglo XX. En 1904, el astrónomo alemán Johannes Hartmann descubrió en el espectro de una estrella binaria líneas estacionarias de absorción de calcio, una prueba de que entre nosotros y la estrella hay gas. Más tarde, la radioastronomía confirmó que el medio es complejo y diverso.
El medio interestelar es un gigantesco ciclo de materia. En sus grumos más densos (nubes moleculares), bajo la acción de la gravedad, nacen las estrellas. Estas viven, transformando el hidrógeno en elementos más pesados, y al morir (por ejemplo, en una explosión de supernova) expulsan el gas enriquecido de vuelta al medio. Así, con cada generación de estrellas, el medio se vuelve más «metálico» (contiene más elementos más pesados que el helio). Los granos de polvo apantallan la luz visible, haciendo que las estrellas lejanas parezcan más rojas, pero ellos mismos brillan en rayos infrarrojos, permitiendo observar el interior de las nubes.