
Los antiguos observadores consideraban que las estrellas eran eternas, pero ya en el siglo XVIII Immanuel Kant y Pierre-Simon Laplace propusieron la hipótesis nebular (del latín nebula, niebla): las estrellas se forman a partir de nubes de gas en rotación. A principios del siglo XX, James Jeans describió matemáticamente las condiciones del colapso gravitacional. Y con el desarrollo de la astronomía infrarroja en la segunda mitad del siglo XX, los astrónomos pudieron penetrar en el denso polvo y observar directamente las protoestrellas.
La lucha principal en la formación estelar es entre la gravedad, que tiende a comprimir la nube, y la presión térmica, que la expande hacia fuera. Si la nube se enfría eficientemente (emitiendo energía), la gravedad gana. Al comprimirse, la materia, sin embargo, se acelera en rotación debido a la conservación del momento angular, por lo que se forma un disco alrededor de la protoestrella. Parte del gas es expulsado a lo largo del eje de rotación en forma de estrechos chorros, los jets. La masa de la estrella nacida determina su destino: las ligeras enanas rojas brillan débilmente durante billones de años, mientras que las gigantes masivas se queman rápidamente y explotan como supernovas.