
Los primeros experimentos los realizó Jan Ingenhousz en el siglo XVIII, comparando cómo distintos metales conducen el calor. Pero la base científica la sentó Jean Baptiste Joseph Fourier en 1822, al deducir la ley de conductividad térmica, la ecuación principal de la transferencia de calor.
El calor es el temblor de los átomos. En un sólido, los átomos están unidos rígidamente por muelles (enlaces químicos). Si se calienta un extremo, los átomos de allí empiezan a temblar más fuerte y agitan a los vecinos, transmitiendo las vibraciones a lo largo de la cadena. En los metales, además, hay electrones libres (diminutas partículas transportadoras) que, como mensajeros rápidos, reparten la energía mucho más deprisa que las vibraciones de la red. Por eso los metales conducen el calor excelentemente.
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