Durante trece años seguidos, el observatorio espacial Swift registró la «respiración» de rayos X del púlsar GX 301-2. Cada pocos minutos, el instrumento BAT medía cuánta radiación dura llegaba de esta pareja: una estrella de neutrones y su masiva compañera. Si se superponen todos los registros en una sola gráfica, no se ve una línea plana, sino ondas: el brillo sube y baja.
En esas ondas, los astrónomos encontraron dos ritmos. El principal es de 115 días: en ese tiempo la estrella alcanza a encenderse y volver a apagarse. El segundo, más débil, es de 65 días. No es independiente: es como si dos músicos tocaran a ritmos distintos y en la sala se oyeran no solo sus notas, sino también un lento «pulso» de su diferencia. Aquí pasa igual: 65 días es la diferencia entre 115 días y el periodo orbital del par, es decir, el tiempo que tarda la estrella de neutrones en dar una vuelta alrededor de su compañera.
¿De dónde sale el ritmo de 115 días? Probablemente, en el viento estelar —la corriente de gas que fluye desde la superficie de la gigante— hay grumos. Giran junto con la estrella, como los radios de una rueda. Cuando uno de esos grumos pasa cerca de la estrella de neutrones, esta captura más gas y brilla con más intensidad. A los 115 días llega el siguiente «radio», y otra vez el destello. Este mecanismo explica también por qué en distintos sistemas los periodos se alinean en una misma secuencia: cuanto más grande es la órbita, más despacio gira la rueda del viento.
GX 301-2 resultó ser un caso raro donde se ven ambos ritmos a la vez: el principal y el de batido. Es como oír en el ruido de una orquesta no solo la melodía principal, sino también un suave acompañamiento. Las próximas observaciones mostrarán si esta imagen es válida para otros sistemas de viento estelar.
El periodo de 115 días es más o menos como pasar por tres estaciones: del invierno a la primavera y hasta el verano.