Un termómetro enfriado casi hasta el cero absoluto detecta el calor de una sola partícula. Así funcionan los calorímetros criogénicos, instrumentos que capturan eventos extremadamente raros, como la doble desintegración beta sin neutrinos. Pero los antiguos termómetros de termistor responden lentamente: aproximadamente en un milisegundo. Para la nueva generación de experimentos, eso no basta.
La solución son los sensores superconductores, que reaccionan en cien microsegundos. El problema es que se necesitan miles de estos sensores, y cada uno requiere su propio cable. Para no llevar cientos de cables al refrigerador, las señales se combinan en un solo canal, como muchas voces por un mismo cable. El nuevo sistema lo hace a frecuencias de 1 a 5 megahercios.
Ahora el detector se consulta cada 6 microsegundos, en lugar de cada 10 milisegundos. Esto permite ver con más claridad la forma de cada señal y distinguir los eventos reales del ruido aleatorio. La tecnología ya se ha probado en un sensor real y está lista para escalarse.
La temperatura de 10 milikelvin es 30 veces más fría que el espacio exterior.