Un haz de luz incide sobre una placa metálica con estructura cuadrada y en su superficie aparece un patrón de diminutos vórtices magnéticos, como ondas en el agua, pero congeladas y ordenadas. Estos vórtices se llaman skyrmiones y se comportan como peonzas que pueden girar en direcciones opuestas.
Si se observa la placa muy de cerca, los vórtices se alinean en un patrón: parecen erizos con las púas hacia afuera. Pero al alejarse, el patrón cambia: ahora los vórtices recuerdan a caracoles en espiral. La transición entre estos dos patrones no es gradual, sino abrupta, como cambiar de marcha en un automóvil.
Se puede controlar este cambio simplemente variando la altura desde la que se observa la superficie. Esto abre el camino a dispositivos donde la información se escribe no con corriente eléctrica, sino con luz, de forma rápida y sin calentamiento.
Los skyrmiones deben su nombre al físico británico Tony Skyrme, quien en la década de 1960 los concibió como un modelo matemático para describir partículas nucleares.