Una pantalla flexible del grosor de un cabello humano es vidrio que se puede doblar. Pero esta maravilla tiene un capricho: basta con tocarlo y queda una carga eléctrica invisible en la superficie. Como el polvo en un mueble pulido, se acumula y estorba. Los científicos tomaron un trozo de vidrio de 30 micrómetros de grosor —tres veces más delgado que una hoja de papel— y siguieron la pista de la carga.
Pasaron una aguja diminuta sobre el vidrio, como un arco sobre una cuerda, y esta dejaba una huella eléctrica. Luego midieron cómo se desvanecía esa huella. En cuatro horas, el voltaje cayó de 4,47 voltios a 0,37 voltios, como una batería que se agota lentamente. Pero la carga no se iba por la superficie, sino a través del espesor del vidrio, como agua que se filtra en la arena.
Este comportamiento difiere de las películas delgadas comunes, donde la carga se extiende por la superficie. Por lo tanto, para pantallas flexibles se necesitan medidas de protección especiales. Los científicos también encontraron una manera de controlar la carga: aplicando voltaje a la aguja, se puede amplificar, atenuar o incluso invertir la huella eléctrica. Es como un control de volumen para la electricidad estática.
Ahora los ingenieros pueden calcular de antemano cuánta carga acumulará una pantalla y hacer recubrimientos que no teman al tacto. Las pantallas flexibles, los sensores portátiles y las ventanas inteligentes serán más fiables. Y el vidrio que recuerda cada caricia dejará de ser caprichoso.
Un vidrio de 30 micrómetros de grosor se puede enrollar alrededor de un lápiz sin romperse. Y la carga que retiene dura más que en un vidrio de ventana común.