En la galaxia de Andrómeda, la vecina grande más cercana a nuestra Vía Láctea, los astrónomos han observado nubes frías y gigantes donde nacen las estrellas. Estas nubes están formadas por gas y polvo, pero verlas directamente no es fácil: apenas brillan. Los científicos utilizaron el radiotelescopio SMA en Hawái, que capta la débil emisión térmica de los granos de polvo y las ondas de radio del monóxido de carbono. Así lograron distinguir claramente, por primera vez, nubes individuales en otra galaxia espiral.
Cada nube es como una bolsa oscura de gas frío que se contrae bajo su propio peso. El polvo que contiene actúa como diminutos sensores: se calienta con la luz de las estrellas jóvenes y reemite calor en el rango de radio. Comparando el brillo del polvo y del monóxido de carbono, los astrónomos pesaron las nubes. Descubrieron que aproximadamente el 80% de ellas están firmemente ligadas por la gravedad y se encuentran en equilibrio, como un muelle estirado que ni se comprime ni se expande.
Curiosamente, la cantidad de metales en las nubes (es decir, elementos más pesados que el helio) casi no influye en su peso. Esto simplifica la tarea: los astrónomos pueden usar el mismo «factor de conversión» para nubes en diferentes galaxias. Así, los mapas de viveros estelares se vuelven más fiables y comprendemos mejor cómo crecen y cambian las galaxias.
El telescopio SMA se encuentra a 4000 metros sobre el nivel del mar, en el volcán inactivo Mauna Kea, donde el aire es seco y transparente para las ondas de radio.