La mosca de la fruta, Drosophila, es una criatura diminuta con un cerebro del tamaño de una semilla de amapola. Contiene unas cien mil células nerviosas, y los científicos ya han trazado un mapa completo de sus conexiones, como si fuera un plano del metro urbano, donde las estaciones son las neuronas y las líneas son las conexiones entre ellas. Este esquema se llama conectoma.
Los investigadores se preguntaron: ¿se puede usar este esquema natural ya hecho como 'cerebro' para un modelo informático de la mosca? Tomaron el conectoma de una Drosophila adulta y lo convirtieron en un programa de control: una red neuronal con la misma estructura de conexiones. Luego colocaron la mosca virtual en un simulador, donde tenía que aprender a caminar, girar y realizar otros movimientos. El aprendizaje se realizaba por ensayo y error: por pasos exitosos, el programa recibía una recompensa; por caídas, un castigo.
El resultado sorprendió: la mosca con el conectoma 'nativo' aprendía más rápido y se movía con más estabilidad que los modelos con estructura aleatoria o simplificada. Necesitaba menos intentos para dominar un nuevo movimiento, algo así como a un bailarín experto le resulta más fácil aprender un baile nuevo que a un principiante. Además, este modelo resultó más fácil de analizar: se puede rastrear cómo viajan las señales desde los 'ojos' hasta los 'músculos' y qué conexiones son las más importantes.
Este trabajo es un paso hacia la creación de máquinas que no aprenden desde cero, sino que se apoyan en esquemas probados por la evolución. Quizás los futuros robots reciban un 'cerebro' inspirado no en algoritmos abstractos, sino en la biología real, desde la mosca hasta el ser humano.
El cerebro de la Drosophila contiene alrededor de 100 000 neuronas, pero la mosca es capaz de realizar maniobras complejas en vuelo, esquivar peligros e incluso aprender.
La idea de usar un cerebro biológico como esquema para una máquina recuerda a la película 'RoboCop', donde un cerebro humano controlaba el cuerpo de un robot.