Los sismólogos captan cada movimiento telúrico como un médico que ausculta el corazón. Pero en los terremotos pequeños la señal es débil y borrosa: es difícil saber exactamente hacia dónde se desplazó la roca. Normalmente los científicos observan las primeras oscilaciones de la onda: si es compresión o dilatación. Pero si el temblor comienza de forma suave, sin un chasquido brusco, el panorama se desdibuja.
El nuevo método FocMecDR actúa de otra manera. En lugar de analizar cada sacudida por separado, compara dos terremotos vecinos cuyas trayectorias de onda son casi idénticas. Uno de ellos es un «patrón» con un mecanismo de desplazamiento ya conocido. El segundo se ajusta a él, como un traductor que contrasta una frase difícil con otra ya traducida. Así se logra extraer la dirección exacta de la ruptura incluso de una señal débil.
Este enfoque abre el camino para evaluar la «disposición» de una falla a producir un terremoto fuerte. Si la tensión en la corteza se vuelve homogénea, como una cuerda tensada, es una señal de alarma. Quizás algún día los sismólogos puedan advertir sobre grandes sacudidas no con segundos de antelación, sino con días.
La palabra «sismógrafo» proviene de las palabras griegas «seismos» — vibración y «grapho» — escribir. El primer instrumento de este tipo fue inventado por el científico chino Zhang Heng ya en el año 132: un recipiente de bronce con un péndulo que dejaba caer una bolita en la boca de una rana cuando ocurría un movimiento telúrico.
En la novela de Isaac Asimov «El fin de la eternidad», los técnicos controlan el tiempo, pero ni siquiera ellos pueden predecir los terremotos: la dinámica de la corteza terrestre es demasiado caótica.