Una partícula de oro de unos pocos nanómetros se parece a un diminuto diamante tallado, pero con cinco caras en lugar de las habituales. En su interior se esconde un defecto, como una grieta en el vidrio que puede sanar o romper toda la pieza. Los científicos decidieron averiguar qué hace que este defecto se mueva y desaparezca.
Construyeron un modelo computacional de dicha partícula y comenzaron a cambiar su forma: hicieron la superficie ora cóncava, como un cuenco, ora convexa, como una cúpula. Resultó que la forma cóncava ayuda a los átomos de la superficie a reptar y rellenar el defecto, restaurando la simetría. La forma convexa, en cambio, hace que el defecto se desplace rápidamente hacia el interior, y la partícula pierde su estructura de cinco lóbulos en milmillonésimas de segundo.
Este descubrimiento recuerda el trabajo de un joyero que sabe dónde hacer un corte fino para que la piedra no se rompa, sino que se vuelva más resistente. Comprender cómo la forma de la nanopartícula controla sus defectos internos permitirá crear materiales con las propiedades deseadas, por ejemplo, catalizadores para reacciones químicas o componentes de microelectrónica.
Las nanopartículas de oro con simetría de cinco lóbulos se utilizan en medicina para la administración dirigida de fármacos, porque su forma ayuda a penetrar en las células.