Cada 1151 años, siete planetas del sistema solar —de Mercurio a Neptuno— se encuentran casi en los mismos puntos de sus órbitas. La dispersión de sus posiciones es menor de un grado, como si el mecanismo celeste se ajustara siempre de la misma manera. Este ritmo se descubrió comparando las posiciones de los planetas durante 2600 años mediante tablas precisas del movimiento de los cuerpos celestes.
Pero uno de los participantes se sale del paso común. Urano se retrasa un tercio de su órbita, mientras que su vecino Neptuno solo se desvía cinco grados. Esta diferencia entre los dos gigantes de hielo parece una cicatriz de una antigua catástrofe: quizás, en la juventud del sistema solar, un cuerpo masivo chocó contra Urano y lo sacó de su ritmo.
Si no fuera por ese impacto, los ocho planetas podrían marchar en formación. Ahora, en el coro planetario, siete voces suenan al unísono y una desafina, recordándonos la turbulenta juventud de nuestro sistema.
El período de 1151 años era conocido por los astrónomos babilonios como el tiempo de retorno de Venus al mismo lugar del cielo, mucho antes del descubrimiento de Urano y Neptuno.
En el relato de Arthur C. Clarke 'Colisión en el amanecer' se describe una catástrofe que cambió la inclinación del eje de un planeta, un escenario similar al que pudo ocurrir con Urano.