Una manguera de jardín lanza un chorro fino y potente. Si la mueves sobre el terreno, puedes regar todo el huerto sin mojar los caminos. Algo así funciona el nuevo enfoque para tratar tumores profundos: en lugar de un haz ancho de radiación, se toma un haz estrecho de electrones acelerados casi a la velocidad de la luz y se escanea el tumor con él, como con un chorro de agua.
Los electrones salen del acelerador con una gran dispersión de energía: el chorro no es uniforme, sino como 'esponjoso' en los bordes. Pero justo esa característica ayuda. Cuando los haces finos adyacentes se superponen (lo que se llama solapamiento en mosaico), sus irregularidades se suavizan. Al final, todo el tumor recibe la dosis necesaria y los tejidos sanos alrededor, la mínima. Los autores lo comprobaron mediante simulación por computadora en el caso de un tumor cerebral. También tuvieron en cuenta el llamado efecto FLASH, un fenómeno en el que la administración ultrarápida de la dosis (en fracciones de segundo) de algún modo respeta las células sanas sin reducir el efecto destructivo sobre el cáncer.
Por ahora, el efecto FLASH con electrones láser aún debe lograrse en la práctica, pero la simulación ya muestra que el camino pasa por aumentar la potencia media del acelerador. Si los ingenieros lo consiguen, los oncólogos tendrán una herramienta que da justo en el blanco y apenas afecta al resto, como el chorro que riega solo el huerto y no convierte los caminos en un lodazal.
Una sesión normal de radioterapia dura minutos, pero aquí toda la dosis puede administrarse en una millonésima de segundo: más rápido de lo que tarda un parpadeo.
La tecnología recuerda a los rayos médicos de las películas de ciencia ficción que curan o destruyen al instante, solo que aquí el rayo es invisible y está formado por partículas cargadas.