La materia oscura no deja rastro en los detectores convencionales: los atraviesa como el viento a través de una gasa. Para percibirla se necesitan instrumentos capaces de sentir el golpe de un mosquito en plena tormenta. Los sensores cuánticos con umbral de fracciones de electronvoltio (mil veces menos energía que la luz visible) son justo eso. Reaccionan a diminutos empujones cuando una partícula de materia oscura roza un núcleo o un electrón del material.
Los autores del nuevo trabajo han renunciado al apoyo habitual en el modelo estándar del halo —la descripción promedio de la nube de materia oscura que rodea nuestra galaxia—. En su lugar, tienden un puente entre la señal del detector y una "función de halo" universal que puede extraerse de los datos experimentales. Este enfoque no dicta de antemano a qué velocidades viajan las partículas, sino que permite conocerlo directamente.
Con datos simulados, los investigadores demostraron que la combinación de señales de dos tipos de sensores ayuda a reconstruir la distribución real de velocidades de la materia oscura. Es como si, por las ondas en el agua de un nadador invisible, pudiéramos deducir hacia dónde y a qué velocidad se mueve. Los sensores cuánticos se convierten así no solo en cazadores de partículas, sino en cartógrafos del océano invisible en el que está sumergida nuestra galaxia.
La energía de un electronvoltio es aproximadamente la que adquiere un electrón al cruzar entre los contactos de una pila de botón. Y un umbral de décimas de electronvoltio es comparable a la energía térmica de una molécula individual a temperatura ambiente.