Apenas unos cientos de millones de años después del Big Bang, ya brillaban los cuásares — núcleos de galaxias con agujeros negros de miles de millones de masas solares. El enigma de su rápido crecimiento sigue sin resolverse. Una hipótesis recurre a un tipo especial de materia oscura formada por partículas ultraligeras — los axiones — que se comporta como una onda. Esta materia formaría un denso nudo en el centro de la galaxia, el cual, según se pensaba, debería atraer el gas gravitacionalmente, como un sumidero.
Pero las nuevas simulaciones desbaratan esta imagen. El nudo no se queda quieto: tiembla y se desplaza, y el agujero negro hambriento lo persigue. La alimentación se convierte en un intento de beber de un vaso que nunca se está quieto: los sorbos de gas son escasos y caóticos. Con frecuencia, el agujero abandona la región densa y, a veces, incluso es expulsado hacia los suburbios galácticos, donde la densidad del gas es cientos de veces menor y el crecimiento se detiene.
Un «errante» así no gana peso. Solo los agujeros de masa intermedia logran un pequeño incremento. Por tanto, la materia oscura difusa no es la «superbomba» que infló los antiguos núcleos activos. El misterio persiste: o existe otro tipo de masa oculta o hay otros mecanismos de alimentación. Quizás la clave esté en las propiedades de los primeros cuásares, que hoy observamos a enormes distancias.
En realidad, el grumo central de materia oscura es una gigantesca onda estacionaria que tiembla eternamente y arrastra consigo al agujero negro por toda la galaxia.