Un cuadricóptero volador del tamaño de una abeja traza su propia ruta en interiores, como una sonda espacial en un campo de asteroides. La cámara funciona como un instrumento de fotometría, captando la luz reflejada, y el procesador a la velocidad de la luz decide hacia dónde girar.
Los algoritmos se han comprimido hasta el estado de polvo cósmico, manteniendo la precisión. Ahora el tránsito a través del laberinto de sillas y mesas toma fracciones de segundo. Dato curioso: toda esta visión consume menos del 2% de la batería, como un diminuto LED en el aparato.
El primer dron autónomo de interior (2012) avanzaba a 0,5 m/s y chocaba constantemente contra las paredes.
Se parece a una bandada de drones espía de reconocimiento de la película «Star Wars», pero sin blásters.