En los cruces sin semáforos, los humanos negocian con la mirada. Un vehículo autónomo no puede hacerlo: debe decidir simultáneamente si avanzar o ceder el paso, y trazar una trayectoria. Antes, estas tareas se separaban, lo que provocaba maniobras bruscas y peligrosas.
Los científicos las han unificado mediante campos de fuerza virtuales que envuelven cada coche. Como imanes, los campos repelen a los vehículos entre sí, pero su fuerza varía con el tiempo y la distancia. El coche “siente” estos cambios e intuitivamente elige una trayectoria suave y segura. Sorprendentemente, los campos crean una interacción indirecta: todos los participantes se mueven siguiendo líneas de fuerza comunes, como bailarines que anticipan los movimientos de sus compañeros sin palabras.
El método se probó en simulaciones: coches con cámaras y láseres que operan a la velocidad de la luz atravesaban el cruce sin accidentes. Los cálculos rápidos permiten aplicar la tecnología en el tráfico real.
Los coches sin conductor ya recorren millones de kilómetros en pruebas, pero los cruces sin semáforos siguen siendo uno de los desafíos más difíciles.
Escena de película de ciencia ficción: los coches se mueven sincronizados, sin tirones, como si estuvieran gobernados por una mente común.